Tenía entre 8 y 10 años, no recuerdo exactamente, la moda (por así decirlo) en aquel tiempo era ver a los soldados tener tatuaje en sus brazos, la verdad nunca entendí bien lo que decían o significaban. Recuerdo haber visto desde cruces, fechas y hasta escudos.

Yo quería tener un tatuaje.

Lo se, era niño y no sabía lo que se debía pasar para tener un tatuaje; de hecho pensaba que ellos, cada día, se levantaban y volvían a repasar sus tatuajes con lapicero negro, hasta llegué a pensar que había un lapicero que no se le borraba la tinta por varios días… se me ocurrió de todo.

No importaba cómo, yo quería tener un tatuaje.

Decidido por completo, una mañana de esas, busqué un lapicero negro y comencé lo que yo pensaba que era mi gran hazaña de tener un tatuaje. Era una cruz con tres líneas a modo de luz; no me van a creer dónde lo hice… en mi pecho. No se rían, era un niño.

Día caluroso, día sin nubes; mi mamá me manda a la venta, no se si vio lo que me había hecho o si simplemente lo puso a nivel de ociosidad de mi edad. Llegué a la venta y ahí estaba uno comprando antes que yo, no era tan adulto. Termina de hacer su compra y me mira sorprendido. Sí, yo fui a la venta sin polera, tenía que lucir mi nueva pinta de alguna manera. ¿Quién te hizo eso? – me preguntó super sorprendido. Yo solito – fue mi respuesta con un aire de orgullo al ver que alguién admiraba mi gran tatuaje. Años más tarde entendrí la razón de su cara de sorpresa.

¿Tienes algún tatuaje?, ¿qué te tatuarías?, ¿por qué?…

Pensando ahora, llevaría un tatuaje donde enmarque mis gustos, mi pasión, nombres de mis hijos y tu nombre… una marca eterna; pero lo sigo pensando.