Ella se escondió, no quería mostrarse, sonreía poco, sus colores no eran completos, se fue lejos, viajó por 6 horas y dudaba en regresar. La flor quería estar sola, el hombre quería abrazarla.

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El hombre tomó su cuaderno, tomó su cámara y – decidido – buscó a su flor. Lentamente se acercó a su flor y le escribió – a modo de susurro: “me hiciste volver, hiciste que escribiera…“. Ella no dijo nada, fue sorpresa, fue inesperado; ella quería esconderse, mientras tanto alguien escribía por su inspiración.

La flor dijo un tímido “gracias“.

El hombre aprovechó cada pequeño instante cerca de la flor, el hombre tomó notas de cada parte de su flor inspiradora, el hombre le dedicó cada palabra, el hombre robaba cada imagen que podía, las fotos de la flor eran coleccionadas; pero no eran para recordarla (porque es imposible olvidar una flor así) más bien, era para tenerla cerca.

La flor es única, su inspiracion es única, ¿por qué no escribirle siempre? – el hombre sabe que llegará el invierno, su flor no estará ahí, por eso escribe hoy, por eso guarda fotos, por eso guarda momentos y sonrisas (aquellas pocas que logró arrancarle a su flor).

Las charlas fueron memorables, charlas se hicieron eternas, charlas de una hora.

[continuará]