Estoy bien. Solo es la soledad.

Estuve solo muchas veces, estuve en su presencia y tengo memorias de sus visitas, tengo recuerdos de los momentos cuando ella; cuando miraba a una estrella y charlaba con ella por un largo rato y en la noche siguiente intentaba encontrarla de nuevo para no tener que iniciar de nuevo.

Estoy bien. Solo es la soledad.

Es el correr de los días, el trabajo, las salidas, las risas y las charlas sin fondo, es el ruído en la calle, el sonido de la ciudad y muchas cosas más mientras ella me abraza fuerte, mientras ella me habla al oído, mientras ella me hace sentir que está aquí.

Estoy bien.

Al final soy humano, soy mortal y con estas mis fuerzas a medias, muchas veces intenté ganarle; sí, intenté despedirla y echarla, que regrese en otro momento. La ignoraba, la trataba con indiferencia, no hacía caso a sus comentarios; pero es bien terca, no se rinde tan fácilmente, se queda y espera el momento oportuno para jugar con mi pelo, para acariciar mis mejillas y besar mi frente.

Pero al final de todo, estoy bien. Solo es la soledad.

Casi nunca se queda por mucho tiempo, o tal vez solo se queda muy quieta y suelo acostumbrarme a ese silencio. Estoy seguro que es porque escucho a todo volumen nuestra canción que su voz queda relegada a cero; o tal vez por tus llamadas y ella entiende quién que eres tú y se arincona, tal vez entiende estas locuras y sabe que no debe insistir, que se debe ir.

Estoy bien.
La soledad tiene temor cuando llego a enteder quién me ama. Sí, esta soledad no puede ganarle a nuestras locuras.
Estoy bien.
Voy en contra la corriente hasta el final; aunque no sepa nadar.
Estoy bien.
Es tu abrazo en la distancia, mientras discuto con este silencio.

Estoy bien.