Yo lo escuché en versión de cuento cómico, un chiste.

Un hombre llega a una estación; pero debe esperar un poco para continuar su viaje, con hambre se sienta en esa estación de tren casi desierta. Al poco rato observa a un niño con una especie de badeja en su mano.

– !Niño! ¿qué vendes?
– Vendo empanadas señor, responde el niño levantando el mantelito que cubría las empanadas.

El hombre las vió apetitosas y decide comprar una para probar. Al primer mordizco se dió cuenta que estaban más deliciosas de lo que pensó.

No eran muchas las que faltaban vender y a modo de hacer un bien al niño y para tener para comer en el viaje, dice:

– Ven niño, voy a comprarte todas tus empanadas.

El niño mezquinando su bandeja, responde:

– Nooo, y luego, ¿qué voy a vender yo?

La realidad.

Hoy por la mañana estuve pagando servicios, comprando frutas y otras cosas que necesitaba para la casa; en medio de todo estaba en mi agenda imprimir el libro que terminé de escribir para que unos amigos lo revisaran y me dieran su opinión. Me acerco a lo que, en mi opinión, era el mejor centro internet del centro.

– Buenos días, por favor quiero una impresión.
– Solo imprimo en blanco y negro.
– No hay problema, es solo texto lo que quiero imprimi – aclaro
– Bien, por favor ponga su flash en la máquina 2.
– Por favor necesito colocar dos páginas en una hoja, para que así sean solo 55 páginas, porque son 110 páginas.
– ¿Son más de 50 páginas?
– Pero solo texto señor – aclaro nuevamente.
– No puedo entonces, me voy a quedar sin tinta y no voy a poder imprimir nada después.

Lo miré, a lo mejor era un chiste; pero su mirada confirmaba que me lo decía en serio.

Al salir, vino a mi  mente la primera historia que les acabo de narrar. Sonreí.

Dudo mucho que hoy, a este señor, le llegué 55 hojas para imprimir. Hasta ahora no entiendo la razón de su decisión.